1. Los otros cuentos  
2. Ay, deseo  
3. Necesitaría  
4. Solo  
5. Diamante  
6. Cabo de Santa María  
7. El miedo  
8. Elegía por Cris  
9. Junio  
10. El presagio  
11. Ando  
12. Me han pedido una canción  

 

 


Pequeños Mundos
Shagrada Medra 2005

 

 
Ficha Técnica

Jorge Fandermole: guitarras y voz
Juancho Perone: percusión
Iván Tarabelli: teclado
Fernando Silva: bajo, contrabajo y violoncello
Julio Ramírez: acordeón en Ay, deseo y Cabo de Santa María
Carlos Aguirre: piano en Diamante y Junio
Franco Luciani: armónica en Elegía por Cris y Ando
Luis Giavón: corno inglés en Necesitaría
Ariel de Vedia: clarinete en Me han pedido una canción
Marcelo Ajubita: viola
Juan Pablo Sosa del Frade:
violín en Solo y El presagio
La Sociedad de los 5 Vientos en Los otros cuentos y El miedo:
Gabriel Leo: flauta
Luis Giavón: oboe y corno inglés
Ariel de Vedia: clarinete
Gerardo García: corno francés
Susana Schlaen: fagot

Todos los temas compuestos por Jorge Fandermole
Arreglos de vientos, cuerdas, y clarinete: Iván Tarabelli y Jorge Fandermole
Arreglo de corno inglés y teclado: Iván Tarabelli
Arreglos de piano: Carlos Aguirre
Grabación: Pablo Cejas

Grabado entre enero y mayo de 2005 en El Graboratorio, Rosario, Argentina
Mezcla y masterización: Iván Tarabelli
Fotografía en portada de librillo: Gustavo Goñi
Diseño, producción gráfica y fotografía de objetos: Roxana Rainoldi
Dirección artística y producción general: Jorge Fandermole

 

 

 

 
Los otros cuentos

Ángel de pie, corazón luminoso, vida,
cuando pueda volver
de la sombra tendré
algo menos de tierra y un poco de tu levedad.
Arribaré una mañana de espanto y brisa,
y con suerte, quizás,
me reconocerás
por el canto sombrío del ave que ha cegado el mar.
Allí donde duele río; allí donde duele canto;
allí donde bifurca la línea el quiromante
salto a la otra orilla para no caer.
Allí donde duele espero; allí donde duele sueño
que los pequeños mundos con sus pequeñas sangres
traen los otros cuentos que me van a hacer feliz.
Ay, corazón tan ajeno a la maravilla,
la tristeza total
que te impide mirar
sobre el barro del mundo te agota encadenado y gris.
Dulce es en cambio su amor como el pan del día,
y el color de su voz,
mensajero veloz
que convoca delicias de un árbol parecido a mí.
Allí donde duele río...

 

 

 

 
Ay, deseo

Ay, deseo
de abrir alguna puerta para entrar al juego.
Ay, antojo
de ser el que no te deja pegar los ojos.
Esperanza
de ser el fuego que en tu corazón avanza.
Ay, mis ganas
de irme a navegar tu piel hasta mañana.
Ya veré, se verá;
mientras no pare el río se intentará.
Ay, mi sueño
de entrarte y habitar tu rincón más pequeño.
Ay, anhelo
de ser el que te suba hasta tocar el cielo.
Ay, tristeza
si vas borrándome y quitándome certeza.
Alegría
de ponerte a flotar hasta que venga el día.
Ya veré, se verá;
mientras no pare el río se intentará.
Ya veré, se verá
mientras no pare el río se intentará.
Ay, deseo
que me muestra la forma de lo que no veo.
Ay, antojo
de sacar algo vivo de entre mis despojos.
Esperanza
de poder arribar donde mi vista alcanza.
Ay, mis ganas
tan ávidas de estrellas cuanto más lejanas.
Como vine me iré
nada me traje y nada me llevaré.
Ay, mi sueño
que pronto se hará humo, que no es más que un leño.
Ay, anhelo
de tirar de la cuerda que desata el vuelo.
Ay, tristeza
de que no vayan juntas verdad y belleza.
Alegría
de ver que de la nada sube una poesía.
Como vine me iré
nada me traje y nada me llevaré.
Como vine me iré
nada me traje y nada me llevaré.

 

 
Necesitaría

Necesitaría que me transformara
una ciencia oculta, algún arte de magia,
en la nave que deja esta tierra maldita
y navega rumbo a tu orilla sagrada.
Necesitaría volverme invisible
para entrar secretamente a tu morada
y poder hacerme impalpable, inaudible,
para deslizarme hasta el fondo de tu alma.
Para que no intuyas que estoy al acecho
necesitaría no ser casi nada,
la inquietud apenas que agita tu pecho
como una jauría de perros fantasmas.
Necesitaría un ángel, por lo menos,
para verte desde las cornisas altas,
y un plumaje firme que aguante los truenos
mientras la tormenta grita en tu ventana.
Necesitaría un pozo de silencio
donde sepultase mis palabras vanas,
y quizás un día ver que forma tengo
cuando me refleje limpio en tu mirada.
Necesitaría luz de plenilunio
pa' prender candiles en tu espejo de agua,
fuego en tu ribera de cauce nocturno
y viento propicio en tus velas izadas.
Tiempo del desierto necesitaría,
o del mar que insiste y rompe las amarras,
para despertarte de tu sueño de ave
y pulsar tus cuerdas como las guitarras.
Necesitaría lo que ya no tengo,
esa cercanía de luna mojada;
y mientras me tardo porque estoy volviendo
necesitaría que no me olvidaras.

 

 
Solo

Solo
como al aclarar está el lucero,
como el ojo pálido del cielo
va girando en la órbita lunar.
Solo
como el primer hombre de la tierra,
como el último lobo de Inglaterra,
como el viejo más viejo del lugar.
Solo
como uno va hilando sus ensueños,
como el monstruo que sobrevivió un milenio
y se esconde en una gruta bajo el mar.
Solo
como el que tiene la virtud del mago,
como el que conduce un pueblo hacia el estrago
mientras imagina la felicidad.
Solo
como el esclavo solo bajo el yugo,
como la conciencia del verdugo
o el único beso del traidor.
Solo
como un grandioso golpe de la suerte,
como cada uno frente a su propia muerte,
solo como un ángel exterminador.
Solo
como un dios que niegan sus criaturas,
como el que dio color a su locura
y pintó los cuervos y el trigal.
Solo
como está en su mundo cada muerto,
como la voz que calla en el desierto,
como el que dijo siempre la verdad.
Solo
como el que logra ver todo muy claro,
solo como la atenta luz de un faro
o el último minuto del alcohol.
Solo
como este mismo instante que se pierde,
como el único que ha visto el rayo verde
cuando se cayó el último sol.
Solo
como el que desentraña algún presagio,
como el único vivo del naufragio,
como todo el que pierde la razón.
Solo
como el que se extravió sin darse cuenta,
como un ave ciega en la tormenta,
así estoy en le mundo sin tu amor.
Solo
como si fuese un animal eterno
clavado en la puerta del infierno,
así estoy en el mundo sin tu amor.

 

 
Diamante

Me han regalado un diamante
y no se qué hacer con tanta luz;
abro mi mano un instante
y brilla hasta el cielo limpiando el azul.
Es sobre todas las cosas
mi piedra preciosa invisible en su faz
y en el envés transparente
su forma latente se vuelve real.
Quién sabe por qué misterio
elige mi pecho para anidar;
de qué incendiado silencio vendrá,
de qué punto del mapa estelar.
Me agujereó la camisa
marcándome dentro su cronicidad,
su pulsar de lejanía
con relojería de puro cristal.
Ahora voy ya sin aliento
planeando en el viento y llevándolo al mar.
Voy a arrojarlo a la espuma
entre el agua y la duna y a verlo brillar.
No puedo llevar conmigo
este brillo cautivo, esta piedra lunar;
en mi campo oscurecido
su luz de infinito no puede durar;
y él fulgura, fulgura,
y me ciega su precioso don;
fulgura, criatura,
libre de la noche de mi corazón.
A veces llega del cielo
un presente que nunca nadie previó;
pero existe uno tan bello
del que no quisiera tomar posesión.
Vino su luz del vacío
y me duele ponerlo de nuevo a viajar;
este regalo tardío
no puede ser mío sino del azar.
Ahora voy ya sin aliento…

 

 
Cabo de Santa María

Ave que se hunde en el mar,
agua que rompe y te mece,
con los labios en la sal
y sal de luna en los peces.
Tibia paloma del mar
vuelvo a tu playa mis días,
a la luz de tu fanal,
cabo de Santa María.
De este tiempo que al pasar
come tu espalda de arena,
copio mis pasos que van
borrando en agua las huellas.
Y mi tristeza de amar
va en esa barca que guía
tu faro blanco al girar
cabo de Santa María.
Ay, paloma que asomas al mar,
qué hay en tu aire que me hace temblar.
Qué he perdido en tu ciudad, qué he deseado y no recuerdo,
qué melodía fugaz se me voló mar adentro
que la marea al pulsar junta en su agua que perdura
mientras mi sangre que pena al latir
es lo que pasa y no dura,
es lo que brilla y se va.
Cuarto menguante encendió
lucecitas en la espuma
y el año viejo quemó
sus fogatas en las dunas.
Silenciará tu rumor
cuando se apague la vida,
cuando no alcance el amor,
cabo de Santa María.
Ay, paloma...

 

 
El miedo

Hora del no;
niebla en la mitad;
haz que amanezca,
fruta de la claridad.
Cuida de mi casa hoy,
mi perro guardián;
una fiera alrededor
huele mi debilidad.
Cierro las ventanas viejas
de este caserón;
clausuro las repetidas
puertas de un viejo dolor.
Toca mi cabeza en sombras,
niño del alcohol;
cuido otra inocente piel
de un ave que se desprendió de mí.
No quiero ver las cartas de mi suerte:
siempre el destino fue un feroz jugador;
me llevará como a todos la muerte
pero saber cuándo es mucho a su favor.
Nada es mejor mañana,
nunca es mejor que hoy.
Zarpa en la luz,
bella oscuridad;
nada se nos pierde aquí,
todo permanece igual.
Algo roza en la pared
su pelaje hostil;
haz el signo de la cruz,
vuelve a verte revivir.
Hay un modo de cubrirse
al máximo la piel:
tomar un pliegue del alma
y darse vuelta del revés.
Quítame estas viejas vendas
y ponme de pie,
déjame cargada un arma,
hoy es domingo, no me escaparé.
No quiero ver las cartas de mi suerte:
siempre el destino fue un feroz jugador;
me llevará como a todos la muerte
pero saber cuándo es mucho a su favor.
Soñaba una ciudad de la alegría
y en el suburbio un clamor...
El miedo muerde más que una jauría,
detiene el pulso, el aliento y la voz.
Nada es mejor mañana,
nunca es mejor que hoy.

 

 
Elegía por Cris

Cris,
la nube de agua roja y plomo ya no te persigue más.
Feliz
entraña para darle fuego, sangre y luz a este lugar.
Amén.
Por siglos y milenios hueso y grito volatilizó.
Donde andes, Cris,
la máscara de guerra de tus ojos aún no se borró.
Cris
desnuda por el mundo, encaje y seda consumiéndose.
Al fin,
la prístina salina, lengua y pubis la infinita vez.
Dios
te amaba desde el hueso hasta la mira de tu arma ilegal.
No sabes, Cris,
cómo el olvido mata bajo el cielo desde que no estás.
Nadie sabe bien cómo es la luz cuando se agota;
nadie sabe dónde sepultar dos alas rotas;
nada consiguió torcer tu bárbaro destino
de rojo derramado hasta el dintel.
Y la noche te llamó desde los perros del gatillo
y ahora el agua te levanta desde el fondo de los grillos;
sobre el barro donde exhuman las calandrias el ardor
hay un árbol tierno donde fue barro tu corazón.
Cris,
fueron tumultos lánguidos la tinta que el agua lavó,
los
ancianos enfrentados en parodias deshonrándonos.
Hoy,
sin héroes ni deseos la epopeya nadie cantará;
yo sólo, Cris,
me escapo hasta la luna con tu nombre como un talismán.
Nadie sabe bien...

 

 
Junio

A Darío Santillán y Maximiliano Kosteki in memoriam.
A todos los que nos dignifican con su lucha.

Lo que va a pasar hoy pasó hace tanto
me desperté diciendo esta mañana,
no vi las predicciones del espanto
que le arrancaba al sueño mi palabra.
En este invierno que pega tan duro
está lejos tu boca que me ama
y se me desdibuja en el futuro,
y junio me arde rojo aquí en la espalda.
En este invierno atroz no hay escenario
más duro que esta calle de llovizna;
cada uno sigue en ella su calvario
pero la cruz de todos es la misma.
Salí con las razones de la fiebre
y una tristeza absurda como el hambre,
y cuando en el corazón la sangre hierve
es de esperar que se derrame sangre.
Me llamo con el nombre que me dieron,
el que tomó la crónica del día;
soy uno de los dos que ya partieron,
los dos en un montón que resistían.
Hermano en la delgada línea roja
que te me fuiste dos minutos antes
con la indiscreta muerte que en tu boca
entraba en cada casa con tu imagen.
Yo estaba junto a vos sobre tu grito
besándote feroz la indigna muerte
mientras te ibas volando al infinito
fulgor de la mañana indiferente...
Yo sé que el corazón que está latiendo
en cada uno es una senda pedregosa,
cuando en el suelo sucio me estoy yendo,
ajeno y solo de todas las cosas.
Si yo salí por mí y salí por todos
cómo es que ahora no hay nadie aquí a mi lado
que me retenga la luz en los ojos,
que contenga este río colorado.
El corazón del hombre es una senda
más áspera que la piedra desnuda;
mi extenso corazón es una ofrenda
que pierde sangre en esta calle cruda.
Yo tengo un nombre rojo de piquete
y un apellido muerto de veinte años,
y encima las miradas insolentes
de los perros oscuros del cadalso.
Yo no llevaba un arma entre las manos
sino en el franco pecho dolorido,
y el pecho es lo que me vieron armado
y en el corazón todos los peligros.
La mano que me mata no me llega
ni al límite más bajo de mi hombría
aunque me arrastren rojo en las veredas
con una flor abierta a sangre fría.
Hoy necesito un canto piquetero
que me devuelva la voz silenciada,
que me abra por la noche algún sendero
pa' que vuelva mi vida enamorada...

 

 
El presagio

Palidecerá tu fina piel no escrita todavía,
tu rostro sagital sin huellas, sin historias ni medidas;
y así, desmantelado sobre el muelle de una alfombra,
el tibio pecho rojo de una presa herida.
Una y otra vez cruzábamos el alma en las esquinas.
Yo iba tras tus pies, sediento y agotado por la prisa.
Y en una calle, al sur de los secretos, un panal
nos vuelve a ver brillar como un lejano día.
Amor, te dije, volarás
alto y lejos desde donde no se gira
por no ver que lo que hay atrás
es arquitectura desvanecida.
Y algo de la luz de aquellos años
viene a redimirnos con sabor
de sangre de los ángeles que fuimos
cuando aún no podíamos morir.
Se quemó el amor como se quema toda cosa viva,
con intenso calor hasta desaparecer en la ceniza;
los cuerpos, la memoria y la locura de los dos
hoy son estas dos blancas estatuas de tiza.
Si nada dura, nada importa tanto y nada es necesario,
y los recuerdos son como noticias en los viejos diarios,
por qué está tu fantasma destilándose ante mí,
por qué me quita el aire lo que estoy cantando.
Amor, te dije, volarás...

 

 
Ando

Veo y leo los informes deformes,
conformes a proyectos selectos
que nadie va a aplicar por aquí.
Un pibe recibe diez centavos y pide
por sus seis hermanitos que viven
abriendo la puerta de un remís.
Si quiere ver el drama o la comedia mejor
encima de sus ojos hay un mirador,
depende de su lucidez para mirar
verá como el grotesco es la cruda verdad.
Ciencia, paciencia en los servicios de urgencia.
Motociclista en una emergencia
se convirtió en donante al llegar.
Cierta desierta sensibilidad tuerta
de alcohol que pone al sábado alerta
y la calle es una diosa letal.
Si la tragedia espanta con su amargo sabor,
recuerde que mañana no será mejor;
los pasos de la danza no lo dejan salir
del borde de la náusea que le da existir.
Ando paseando como un loco en un campo
de tiro y recibo en un flanco
un extraviado proyectil.
Sigo, maldigo sin testigos y sangro
herido, y un relámpago en tanto
me ciega y no me deja seguir.
Eternas gorgonas de miradas enfermas
que nunca, turgentes y modernas,
sus piernas abrirán para mí.
Pero esa cabeza con mi nombre de presa
es un trofeo que les interesa
disputar a Salomé y a Judith.
Si quiere ver…
Cínica política de circo y burbuja:
pasaron mil camellos la aguja
hacia este reino neo liberal.
Frías promesas de sus bocas vacías,
son menos que mi pobre poesía
que me libra de todo mal.

 

 
Me han pedido una canción

Me han pedido que escriba una canción
sin darme más noción en lo pedido,
de modo calmo y sin otra intención
que la de proponer lo más sencillo.
De la nada, del ocio, del calor
de un vino silencioso y distraído
me piden que componga una canción
como quien pide un poco de agua al río.
De repente la inesperada voz
me pone fuera de mi blanda holgura,
me deja resbalando en el veloz
tobogán que precipita la cordura.
Y yo, que no tenía previsto andar
ninguna senda lejos de mi huella,
descubro que he sido arrojado al mar,
lanzado como piedra a las estrellas.
A ver los claroscuros del amor,
la suma de toda la maravilla,
a interrogar las formas del horror
en el prontuario de mis pesadillas.
Me sume en los detalles del dolor
de los que no frecuentan pan ni abrigo,
me induce a andar el riesgo del error
de inventariar aliados y enemigos.
Me obliga a transita de norte a sur
el material de los cuatro elementos,
la innumerable gama de la luz
y los nueve escalones del infierno.
Me pide prontitud en la razón,
me exige fidelidad a mis dones,
me formula una hermética ecuación,
me pone a diseñar constelaciones.
Hay alguien que nos pide una canción
como quien ve llover calmadamente
y nos clava en mitad del corazón
las furias que conducen las crecientes.
Pero he de agradecer una atención
el día que se termine mi suerte:
que me pidan que escriba una canción
y me roben unas horas a la muerte.