El Secreto mejor guardado de Rosario

Medio periodístico:
Miradas al Sur

Fecha de publicación:
4 de Mayo de 2014

<
>

Jorge Fandermole

Prensa

Prensa

Prensa
El Secreto mejor guardado de Rosario

Por Guillermo Pintos

 

Me enorgullece haber pertenecido a aquella trova y no reniego jamás de eso. Cada uno de los integrantes de aquel grupo siguió un camino diverso desde lo estético y todos siguen en actividad. Todos tenemos un disco nuevo para mostrar, todos estamos activos, nadie se quedó en aquella época.” El que habla es Jorge Fandermole, el secreto mejor guardado de lo que dio en llamarse La Trova Rosarina, el grupo de músicos que llegó a tener relevancia nacional justo cuando la Argentina salía de las sombras de una dictadura y asomaba a la luz de la libertad individual y la democracia. Detrás de Juan Carlos Baglietto, llegaron a Buenos Aires en esos años, 1982, 1983, entre otros Adrián Abonizio, Lalo de los Santos, Silvina Garré y un joven extremadamente flaco, de lentes y pelo largo, llamado Fito Páez (con los años, el que realmente se convirtió en estrella de rock y hoy ostenta con autoridad un lugar entre los clásicos de la música argentina). Una camada de compositores e intérpretes que modificó para siempre el panorama de la música popular argentina. Entre ellos, en un discreto segundo plano, estaba Fandermole, conocido en aquella etapa más como compositor antes que intérprete. Un exquisito compositor, por cierto: suyas son perlas del cancionero urbano argentino de la última parte del siglo XX como Río marrón, Tema del vino y Canción del pinar, por nombrar sólo tres. Pues bien, la buena noticia sobre este hombre que eligió un deliberado bajo perfil (no confundir con timidez, ni siquiera con falsa modestia, mucho menos con la impostación propia del ego de un músico) es que acaba de editar un disco doble, simplemente titulado Fander (para qué más, habrá pensado el autor), que reúne nuevas y viejas canciones. Un disco con nuevas grabaciones de varias de sus perlas, con nuevos arreglos y ropaje instrumental, y otro con nuevas canciones que lo muestran lúcido, sensible y certero como siempre. Canciones que navegan en las correntosas aguas del foklore y que también abrevan en el génerico “urbano” para definir su temática y ejecución. De paso por Buenos Aires para promocionar esta edición –que ocurre a través de un interesante sello discográfico con sede en Entre Ríos–, y en camino hacia su recital el próximo 7 de junio en el Teatro Coliseo, Fandermole habló con Miradas al Sur de aquellos años de pelo largo y barba, de sus canciones (las nuevas, las viejas), su vida de músico y de las cosas –las buenas, las malas– que hoy día pasan en su ciudad, Rosario.

–¿Cómo llegó a concretar la idea de volver a grabar viejas canciones?

–Cuando edité el disco anterior en 2005, la primera idea fue volver a grabar algunas canciones viejas que habían sido editadas en formato vinilo a principios de los ‘80, en versiones nuevas. En tanto, iban apareciendo canciones de un nuevo repertorio. Ese tiempo se fue haciendo demasiado largo hasta que llegaron a confluir las nuevas canciones con aquellas viejas. Pasó muchísimo tiempo, estamos hablando de nueve años después del disco anterior. Y como no tengo la exigencia de ciertas cuestiones de mercado, no porque no las respeto sino porque lo que hacemos son producciones independientes y a veces lleva más tiempo del que uno quisiera, porque todo está atravesado por mi propio trabajo, en salir a tocar y por mi tarea docente. Mi intención es producir de manera independiente y editar mis discos por un sello de músicos, Shagrada Medra, que está dirigido por Carlos Aguirre, un músico entrerriano al que quiero y respeto. Al no tener una exigencia temporal de los momentos para editar un disco, no me preocupé en reunir y hacer las cosas en dos años. Así se fueron juntando los dos discos. Yo quería reponer aquellas canciones que sobrevivían, por lo menos en mi gusto, y que habían sido grabadas y editadas en aquellos años, y que estaban como desaparecidas. Así fue que mezclé las de los dos primeros díscos, del ‘83 y el ‘85, más algunas cosas que no son tan tan viejas, como para darle una dinámica mayor al repertorio del disco. Estaba pensado como un disco que iba a salir solo y finalmente terminó como el disco dos.

–Ocupa un lugar que podría llamarse “marginal” en la música popular argentina. No vive en Buenos Aires, no toca muy seguido en la gran ciudad, sus canciones no suenan en la radio. ¿Cómo convive con esta realidad?

–Durante todo este tiempo, el hecho de no estar en la superficie no tiene que ver con estar inactivo. Hasta 2005 yo estuve trabajando estrictamente de solista, o sea me subía al escenario a tocar solo con mi guitarra. En 2005 empecé a tocar, a armar repertorio con mucho más cuidado en los arreglos con un guitarrista que es Marcelo Estenta, viniendo no muy seguido pero más o menos regularmente a Buenos Aires y trabajando por todo el interior. Hace unos años también incorporamos a Fernando Silva, contrabajista, bajista y violoncellista. Así, durante todo este tiempo vinimos trabajando sumando esos arreglos a repertorios anteriores también. Por eso, además del trabajo de ensayos y arreglos, las actuaciones en vivo no se interrumpieron nunca. Por otro lado, como muchos otros músicos, me dedico a la docencia. Y pongo todo mi esfuerzo en la producción de estos discos que, diría, es un trabajo artesanal porque fui grabando en estudios, en parte de mi propia casa. Todo eso, el trabajo en vivo, el trabajo editorial y mi tarea docente, son tres actividades centrales en mi vida que no se interrumpieron nunca en este tiempo y que ocupan la mayor parte de mi tiempo.

–¿Desde dónde parte para componer una canción?

–Trato de trabajar acorde a mis convicciones y a mis saberes. Creo que la canción es una forma expresiva con una extraña química entre dos lenguajes y a cuya creación se puede acceder por múltiples ingresos: la palabra, la idea, la frase, una copla, un patrón rítmico, un motivo melódico, una secuencia armónica, etc. He tenido diversas experiencias y trato de trabajar no imponiendo un procedimiento en particular; creo que lo único permanente y obligatorio es la continuidad y la persistencia en el trabajo y hacer todas las correcciones y descartes que hagan falta.

–¿Por qué cree que vale la pena hacer música?

–Por el mismo motivo que vale la pena dedicarse a cualquier actividad artística, o, siendo más amplio, a cualquier actividad que uno crea le permita crecer y desarrollarse como persona con cualquier status. El arte es un tipo de visión del mundo y un modo de acción que busca para unos modificarlo, para otros transfigurarlo. La música y la poesía son puertas del espíritu, herramientas críticas y de conocimiento, y vale la pena darles un tramo de crédito que al menos equipare el que le damos a tanta otra basura que sostiene nuestra vida de modo costoso e insalubre.

–¿Qué piensa del protagonismo mediático actual de su ciudad, relacionada casi exclusivamente con el narcotráfico?

–Desde mi punto de vista, Rosario ocupa un lugar excesivo en la agenda de los medios hoy. De ninguna manera puedo negar la realidad de lo que significa esta problemática como algo cierto, de la presencia del narcotráfico y del crimen organizado en la ciudad. Pero no siento que sea una exclusividad rosarina como para que merezca semejante estigma en los medios masivos. No estoy desconociendo nada: lo que ocurre, ocurre realmente, pero también ocurre en Córdoba, en Buenos Aires y en el Gran Buenos Aires. Creo que a Rosario y también a la provincia de Santa Fe se las ha estigmatizado. Y en esa estimatización hay, de alguna manera, un condicionamiento y un preconcepto político. Creo que a Rosario se la abandonó y se la dejó bastante sola, en ese sentido. Recordemos por otro lado que el narcotráfico es un delito federal, de manera que tiene que ser tratado integralmente y no localmente. Es un poco mi visión al respecto. El que cree que si va a Rosario se va a encontrar con una ciudad devastada, está equivocado. No es así.

–¿Cómo ve la “experiencia socialista” en Rosario? Sigue resultando una rareza en la Argentina de hoy...

–Es una rareza, sí. He participado de la confección de ciertos programas, obviamente en lo que tiene que ver con la cultura, y puedo decir que no viene exclusivamente desde el inicio de la experiencia socialista. Desde 1983, con la vuelta de la democracia, se realizó una construcción que partió de una idea básica. Si no recuerdo mal, el presupuesto dedicado a la cultura en el municipio de Rosario, desde comienzos de los ’90, era el porcentaje que recomendaba la Unesco. He visto en Rosario programas culturales escritos y publicados que fueron estrictamente cumplidos. No conozco muchos lugares donde eso suceda. También me tocó participar en la concepción y construcción de tres hermosos lugares, un programa que se llama Triptico de la Infancia con espacios de participación como la Granja de la Infancia, el Jardín de los Niños y la Isla de los Inventos, en tres lugares distintos de la ciudad que aún persisten y continúan en actividad. Tres décadas Aquellos años 80 vistos desde hoy.

Tengo muy buenos recuerdos de aquella época de principios de los ´80. Me parece que fue una situación que se dio con bastante de azar, muy afortunada desde el punto de vista de lo que significó para muchos de nosotros… Creo que fue la emergencia de un trabajo en el cual yo personalmente, estuve medio de soslayo porque intervine más como compositor que como intérprete. Pero en lo personal me permitió acceder a mi primera grabación de un repertorio propio en un sello muy importante, en el ’83, y de alguna manera definió lo que ocurrió de ahí en adelante. Yo adopté ese proyecto como propio y lo profundicé. Mi trabajo como compositor e intérprete, no cesó. Sí veo que en el medio de todo eso, desde el ‘83 y hasta ahora, en estos 30 años, lo que ocurrió fue la aparición y el fuerte arraigo de todo aquello que suele llamarse producción independiente. En su momento ese método apareció como una necesidad y surgió casi a la par, en todo el país. Esa posibilidad que se abrió de publicar una producción discográfica de forma independiente fue uno de los quiebres culturales más importantes que ocurrieron. Esto posibilitó que muchos artistas, principalmente del interior de la Argentina, obtuvieran de esa manera alternativas de producción. Como consecuencia se creó una respetable franja dentro de un mercado mucho más diverso de lo que era en aquel momento. En lo personal, significó una posibilidad de crecimiento a partir de las asociaciones artísticas que pude establecer, primero con Lucho González en los ‘80, con el Trío de guitarras de Rosario en los ’90, con el Negro Aguirre y el reencuentro con la gente de la Trova Rosarina a finales de los ‘90 también. “