Siempre un artesano de la canción

Medio periodístico:
Diario Clarín

Fecha de publicación:
7 de Junio de 2014

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Jorge Fandermole

Prensa

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Siempre un artesano de la canción

Por Eduardo Slusarczuk

Promotor de una rima elegante y de un armónico juego de texturas instrumentales y vocales, generoso proveedor de canciones -de la recordada trova rosarina a más de una banda “emergente” del folclore menos festivalero- y, sobre todo, defensor de la irrenunciable vocación melódica que caracteriza a los músicos de Rosario y sus alrededores a lo largo de ocho álbumes editados durante los últimos 30 años, Jorge Fandermole admite que su nombre es mucho menos conocido que sus títulos, entre los que Canción del pinar y Río Marrón picaron en punta, allá por los ‘80.

“Creo que es una necesidad que se da, en parte, por cuestiones generacionales. De hecho, hay generaciones que están conociendo a Ramón Ayala recién ahora”, explica. Y va más allá: “¿Habría que contar quién es? La verdad que no, pero ahora tiene un disco nuevo, y a partir de esa movida hay un par de generaciones que se está dando cuenta de que hay compositores cuyos datos personales nunca habían conocido tanto como su obra.” Pero en tu caso, tu bajo perfil contrasta con la gran exposición que tuvo la trova rosarina, de la que participaste.

 

Sí; pero hay un hecho objetivo que es que por aquel entonces, ésta no era mi profesión. Y sí, en cambio, era la de gente como Juan (Baglietto) o Rubén (Goldín), desde hacía tiempo. Por eso me halaga que me asociaran a ese movimiento, que a varios de nosotros nos sirvió para fijar la posibilidad cierta de abrirnos un camino.

¿Qué hizo que el sonido acústico desplazara a la electricidad que aparecía en tus primeros discos?

 

Es algo que tuvo que ver con las búsquedas. Los primeros dos discos fueron hecho bajo una determinada dirección artística, de una compañía discográfica importante. El material con rasgos folclóricos fue apareciendo después, y lo fui asimilando junto con esa sonoridad acústica. También influían los músicos con los que trabajaba. De pronto, hacia el ‘86 empezaron a tener cabida canciones que estaban a la expectativa, y la cercanía de un músico con un sustento teórico y práctico como el de Lucho González fue de gran enseñanza.

¿Y tu formación?

 

Fue muy fragmentaria. Estudié guitarra, pero no como para considerarme un guitarrista. Me siento más guitarrero que guitarrista. Por eso en mi labor docente intento transmitir lo relacionado con la interpretación de los géneros populares, que recién ahora está teniendo un tratamiento académico.

¿La Academia no tiende a pasteurizar los géneros populares?

 

No. Creo que termina siendo muy saludable que la enorme experiencia del campo de lo popular, donde se crea desde lo intuitivo vaya entrando al claustro académico. Así iremos saldando la división absurda entre los músicos de formación académica y los populares.

¿Cómo surgió la idea de unir tu pasado y presente como compositor e intérprete en “Fander”?

 

Empecé por recuperar viejas canciones, para mostrarlas con otra sonoridad. El trabajo se dilató, y al superponerse con el repertorio nuevo, decidí hacer todo junto.

¿Cuál es la diferencia más importante entre la manera en que hacías las viejas canciones y en cómo trabajás las nuevas?

 

Con el paso del tiempo, uno se va poniendo especialmente cuidadoso, y le prestás atención a cosas en las que antes no habrías reparado. De todos modos, está bueno cuando te podés reconocer fielmente en lo que escribiste hace mucho, y podés seguir aceptando tu propia palabra. En eso, me siento satisfecho. No sé si lo podría escribir ahora, pero ya lo hice y lo puedo volver a decir.